Hay algo que no podemos ignorar: estamos formando a las nuevas generaciones en un mundo que parece haber perdido, poco a poco, la capacidad de reconocerse humano. La violencia, la indiferencia, la injusticia y la incapacidad de escuchar al otro están presentes en nuestras familias, comunidades, escuelas y relaciones cotidianas.
Cuando miramos nuestra sociedad, encontramos al ser humano inmerso en una lucha constante por tener, producir, competir y acumular. Todo parece necesitar medirse, calcularse y comprobarse; buscamos certezas, resultados y respuestas inmediatas, mientras dejamos poco espacio para la reflexión, la fe, la creatividad y la confianza.
¿Qué humanidad estamos construyendo?
Ante esta reallidad la pasividad puede parecer un camino cómodo, pero no puede ser nuestra respuesta. Nos debe inquietar que la violencia se normalice, que las diferencias se conviertan en enfrentamientos y que perdamos la capacidad de escuchar y reconocer al otro.
Pero hay una pregunta todavía más incómoda: ¿nos damos cuenta de que también somos parte de esta sociedad que criticamos? También nosotros reproducimos sus prejuicios, indiferencias y contradicciones. No podemos exigir una humanidad diferente si nuestras propias prácticas no contribuyen a transformarla.
Educar una respuesta que nos exige transformarnos
En este contexto, la educación adquiere una responsabilidad que no podemos evadir. El Papa León XIV, en Magnifica humanitas, nos invita a recuperar una comprensión integral de la persona humana. El ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, no puede reducirse a sus capacidades, resultados o utilidad. Su dignidad está por encima de todo aquello que pueda demostrar.
Esta comprensión cuestiona nuestros modelos educativos: ¿estamos formando personas capaces de transformar la sociedad o individuos preparados únicamente para adaptarse a sus exigencias?
Una educación verdaderamente humanista no puede conformarse con transmitir conocimientos. Necesita formar la conciencia, educar la voluntad, cultivar la sensibilidad y despertar la responsabilidad ante los demás. No basta con enseñar a saber y hacer; es indispensable educar para ser, convivir y amar.
En una sociedad donde la acumulación de información puede desplazar la reflexión y el discernimiento, necesitamos educadores que enseñen a preguntar, pensar y elegir. Educar el corazón significa también aprender a ejercer la autoridad sin destruir, corregir sin humillar y orientar sin anular la libertad. Significa reconocer que toda persona merece ser tratada con dignidad.
Plancarte: el hombre que supo reconocer la necesidad de su tiempo
Esta manera de comprender la educación nos lleva a volver la mirada al Venerable José Antonio Plancarte y Labastida. No solamente para recordar su obra, sino para preguntarnos qué fue capaz de mirar en su tiempo y qué nos sigue diciendo hoy su compromiso educativo.
En 1870, el 12 de noviembre en Jacona, Michoacán, aquella convicción comenzó a tomar forma con la fundación del Colegio de la Purísima. El proyecto inició con 17 niñas y la colaboración de la maestra Rita Navarrete. Detrás de esas primeras alumnas había una apuesta mucho más grande: creer en las capacidades de las mujeres y ofrecerles una formación que les permitiera desarrollar sus talentos y participar en la transformación de su entorno.
¿Qué tuvo que ver Plancarte para comprender que aquellas niñas merecían una oportunidad? ¿Por qué apostar por una educación que podía abrir caminos distintos para las mujeres de su generación?
Su atrevimiento audaz nos recuerda que una misión educativa nace cuando alguien reconoce una necesidad que otros han normalizado y decide hacer algo para transformarla. Por eso, esta memoria debe convertirse en una pregunta para nuestro presente: ¿qué mujeres impulsaría Plancarte hoy? ¿A qué niñas y jóvenes les abriría las puertas de la educación? ¿Qué realidades de desigualdad, exclusión o falta de oportunidades nos corresponde mirar y transformar?
¿Artesanos de la educación o administradores de estructuras?
El mundo contemporáneo sigue gritando la urgencia de formar a la niñez y la juventud. Pero ¿encontrará en nosotros apóstoles de la verdad y de la educación, dispuestos a dar un paso cualitativo en esta misión?
Las nuevas generaciones no están solamente dentro de las aulas; también están en sus familias, comunidades y espacios digitales, con preguntas, heridas y búsquedas que muchas veces desconocemos. ¿Seremos capaces de salir a su encuentro, escuchar sus preguntas y acompañar sus búsquedas?
Aquí surge una interpelación que no podemos evadir: ¿en qué momento nuestras preocupaciones administrativas, las exigencias institucionales y la necesidad de obtener resultados han comenzado a ocupar el lugar de nuestra misión fundamental?
Volver la mirada a la obra educativa de Plancarte no puede ser únicamente un ejercicio de memoria o un reconocimiento a nuestra historia congregacional. Tiene que convertirse en una pregunta dirigida a cada uno de nosotros:
¿Qué estamos haciendo hoy con el ideal educativo que hemos recibido?
No podemos permitir que las nuevas generaciones enfrenten el mundo sin anunciarles que su vocación es al amor; que la guerra, la violencia, la discriminación y el desprecio no son el camino para vivir con felicidad y dignidad.
La misión educativa no necesita solamente personas que la continúen; necesita educadores que se atrevan a renovarla.
