En este tercer domingo de Adviento, la liturgia nos invita a un gesto sorprendente: alegrarnos en medio del camino, incluso cuando todavía quedan sombras, cansancio o incertidumbre en nuestro interior. La alegría que celebramos hoy no nace de tenerlo todo resuelto, sino de la certeza de que el Señor está cerca, caminando a nuestro lado con una fidelidad que nunca falla.
El Adviento es un tiempo en el que la luz avanza lentamente. Cada vela encendida nos recuerda que, incluso cuando algo en nuestra vida parece opaco o confuso, la esperanza sigue creciendo silenciosamente, como una semilla que germina sin hacer ruido, pero con fuerza imparable. Dios actúa así: en lo pequeño, en lo escondido, en lo que aún no comprendemos del todo.
Este domingo, la luz rosada de la corona ilumina un mensaje profundo: la alegría cristiana nace en el corazón mismo de nuestras batallas. No es un sentimiento pasajero, ni la pretensión de ignorar lo que duele. Es la convicción de que Cristo viene a nuestro encuentro precisamente en aquello que sentimos oscuro o frágil. Él no evita nuestras sombras; las atraviesa con su presencia.
En un mundo donde abundan la ansiedad, el cansancio y la duda, el Adviento se convierte en una pausa necesaria. Es la oportunidad de reconocer que la oscuridad nunca tiene la última palabra. Cristo viene para disipar nuestras tinieblas, para sanar lo que aún duele, para dar claridad donde hemos perdido el rumbo, para despertar esperanzas que creíamos apagadas.
Por eso, este tiempo es también un llamado a la valentía: a no huir de aquello que nos pesa, sino a abrir un espacio para la luz. Levantar la mirada, estar atentos, mantenerse despiertos. Allí donde reconocemos nuestra necesidad, allí mismo Dios hace nacer su consuelo.
Hoy damos gracias por un Dios que no se queda lejos, sino que entra en nuestra vida, incluso en los rincones que a veces preferimos ocultar. Y celebramos con alegría, porque Su llegada siempre transforma, siempre renueva, siempre ilumina.
Que este domingo Gaudete nos recuerde que la verdadera alegría no es ausencia de problemas, sino la certeza de que Cristo está a nuestro lado y que, en Él, la luz siempre triunfa sobre la oscuridad.